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17 de octubre de 2019
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"Es el mejor momento para ser periodista": Giannina Segnini

 

Giannina Segnini es una experimentada periodista de datos y maestra de nuevas generaciones de reporteros en diferentes universidades del mundo. Desde el diario La Nación, de Costa Rica, lideró investigaciones que permitieron revelar casos de corrupción internacional y abusos de poder. 

Ahora dirige el Programa de Periodismo de Datos de la Universidad de Columbia y es una de las directoras del Curso de Periodismo de Investigación para América Latina, que organiza esta universidad con el apoyo de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano -FNPI-. Las inscripciones a este curso -que tendrá lugar en Cartagena en marzo de 2017- ya están abiertas. Más información.

A través del discurso que dio al recibir el Reconocimiento a la Excelencia del Premio Gabo en 2013, Segnini hizo una invitación a aprovechar la crisis de la industria mediática como una oportunidad para tomar riesgos y experimentar nuevos modelos.

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"Agradezco profundamente al Consejo Rector y a la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano este gran reconocimiento que, además de ser un gran honor, implica una tremenda responsabilidad que estoy complacida de asumir.

Deseo aprovechar estos minutos para ser portadora de buenas noticias.

Una sombra de confusión y de temor inyecta pronósticos pesimistas en la discusión sobre la sostenibilidad del periodismo. Sin embargo, con total convicción, creo que este es el mejor momento para ser periodista.

Nunca antes tuvimos en frente tantas oportunidades para encontrar y contar historias relevantes y para difundirlas en tan solo unos segundos por todo el planeta; y nunca antes vivimos mejor coyuntura para apropiarnos del futuro de nuestra profesión e irrumpir como protagonistas en la concepción, la experimentación y la consolidación de nuevos modelos para hacer periodismo.

Cuando empecé mi carrera hace más de 20 años, era imposible revisar cien expedientes impresos de contratos estatales, trabajo necesario para escribir un reportaje. En cambio, este lunes en la tarde, antes de venir a Colombia, mi equipo y yo entrevistamos millones de esos registros en tan solo minutos.

Tres décadas atrás, solo en un capítulo de la serie Star Trek se podía mapear en segundos las especies plantadas en una extensión de mil hectáreas de terreno. Hoy, si quisiéramos verificar en el terreno la inversión de millonarios incentivos forestales, es cada vez más accesible enviar un dron teledirigido equipado con cámara y GPS, tomar imágenes multiespectrales y levantar una base de datos georreferenciada que revelaría en detalle la densidad y la composición del bosque y, en última instancia, si en verdad se plantaron o se mantuvieron las especies por las que se pagó.

Sin embargo, no nos confundamos. No son los drones, los datos en tiempo real ni las herramientas para procesarlos los que salvarán al periodismo, sino la combinación de esos recursos con las ideas para hacer periodismo de calidad y de impacto social; y la disposición para experimentar y descubrir -de la mano del poder de la tecnología- nuevos modelos que lo hagan sostenible.

La primera gran confusión que provoca miedo consiste en pensar que el periodismo es el que está en decadencia, o que lo está su impacto en la democracia; pero la única entidad agonizante hoy es la industria de los medios como la conocíamos, no el periodismo, que -en medio del ruido moderno- prevalece como una de las únicas disciplinas capaces de revelar verdades ocultas y decodificar fenómenos sociales.

Los periodistas estábamos muy cómodos desplegando nuestro idealismo y buscando cómo alinearlo al de empresas de medios que se enriquecieron legítimamente durante décadas gracias a su posición hegemónica en el mercado.

Hoy, estos señores están en problemas porque el modelo económico tradicional que conocían se agotó. Muchos están abandonando el barco y buscan réditos en otras actividades lucrativas; otros continúan administrando su decadencia, enfermos de elefantiasis, con atrofiadas burocracias que no reaccionan a la velocidad que demandan los tiempos; y algunos pocos continúan luchando para sostener sus operaciones al tiempo que hacen lo que pueden para reinventarse.

Hace pocos meses, cuando solo faltaba tocar la Communio para culminar el Réquiem, a la industria cenicienta de los medios empezaron a aparecerle príncipes azules: los billonarios de Sillicon Valley, quienes prometen mantener y fortalecer los valores más sublimes del periodismo dinamizando su operación, dispuestos a perder unos cuantos millones en el proceso.

Mientras tanto, la mayoría de los periodistas esperamos como simples espectadores a que alguien más rescate el rancho y nos devuelva la tranquilidad de la quincenodependencia.

Continuamos tecleando las mismas historias y creyéndonos dueños exclusivos del puente que hay entre el conocimiento y “nuestras” audiencias, de “nuestras” fuentes, de “nuestras” interpretaciones y del mediocre lente con el que a veces ojeamos la realidad para contarla encapsulada en hemorrágicos tuits o notitas rápidas.

Este -no la transición de la industria- es el mayor de los problemas. Se nos olvidó quiénes somos y para qué existimos. Olvidamos que somos tercos y apasionados, perspicaces y humanistas; exploradores incansables, dotados de una capacidad particular para afrontar las situaciones más adversas con tal de defender aquello en lo que creemos. Se nos olvidó que somos amantes y guardianes de la verdad y que solo en ella encontramos la verdadera paz.

El miedo y la angustia nos impiden ver la esperanzadora realidad: que el periodismo de calidad nunca ha sido más relevante y necesario; que las democracias actuales lo piden a gritos; que tenemos mucho que aprender, pero también todos los recursos disponibles para hacerlo; que para crecer debemos dejar de divagar como lobos solitarios y trabajar en verdadero equipo entre nosotros y con otras disciplinas que nos tienden la mano, que existe un océano inexplorado de posibilidades para la experimentación de nuevos modelos, y que tenemos el temple y la capacidad para ser protagonistas, no espectadores.

Hoy, muchos de los mejores periodistas de todos los tiempos -acostumbrados a conducirse con sus libretas chorreadas de café en frecuentes citas incógnitas- están aterrorizados y enfurecidos al ver a los jovencitos de las nuevas redacciones hacerlo todo al mismo tiempo: editar videos, mapear, tuitear, storifiar, embeber aplicaciones y hasta programar.

Esos nuevos tecnoperiodistas -algunos sin el rigor, el conocimiento histórico ni la experiencia periodística suficientes- asumieron, sin dudarlo, el reto de generar contenidos multiplataforma. Su llegada intimida especialmente a sus editores, quienes rápidamente los convierten en editores o -como los llaman ahora- community managers y los exponen a tomar decisiones soberanas de la agenda noticiosa en línea y dispositivos móviles, como si las publicaciones digitales e impresas tuvieran dos estándares diferentes de credibilidad.

Con la creciente separación de estos dos mundos, las herramientas y los juegos pirotécnicos están prevaleciendo sobre las ideas y el interés social, y ello acrecienta aún más la brecha de desarrollo que siempre ha existido entre el periodismo y la ciencia.

Es que los periodistas solemos llegar 30 o 40 años tarde a la adaptación de tecnología. Lo que los periodistas hoy llamamos “futuro” es un pasado ya superado para la comunidad científica.

El mejor ejemplo es lo que hoy denominamos “periodismo de datos” y al que calificamos ser el futuro del periodismo pero, desde hace más de 40 años, los científicos y las comunidades de inteligencia y de negocios procesan y analizan grandes volúmenes de datos para detectar patrones, tendencias y situaciones atípicas, o para explicar fenómenos y enfermedades, e incluso para anticipar comportamientos.

La buena noticia es que estamos a tiempo de revertir esa brecha si nos atrevemos a experimentar.

Como dice una canción del grupo irlandés U2: la melodía más dulce es la que aún no hemos escuchado. Perdamos el miedo y empecemos a tocar melodías diferentes. No hay nada tan complicado allá fuera que no podamos aprender si nos esforzamos, pedimos ayuda con humildad y empezamos a trabajar en equipo".