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El mundo del narcotráfico requiere fórmulas narrativas más allá de las tradicionales

14 de noviembre de 2012. Actividades de la FNPI

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Durante el tercer día del taller, las discusiones sobre las formas periodísticas para abordar el fenómeno del  tráfico de drogas ilícitas fueron el tema dominante de la discusión. El primer turno del día fue para el maestro de la FNPI Cristián Alarcón -periodista y escritor chileno, coordinador de la red de periodistas judiciales Cosecha Roja y director de la publicación digital Anfibia- quien inició su intervención recordando la conocida enseñanza que nos dejó el maestro polaco Ryszard Kapuscinski, llamada “el doble taller”. El doble taller es una fórmula trabajada por Kapuscinski que invita a los reporteros a ser sistemáticos con su propio trabajo de manera que todo aquello que suele quedar por fuera de la escritura o publicación diaria sea el insumo para en el futuro apostar por publicaciones de mayor fondo, incluso libros, que den cuenta de fenómenos sociales y que para el tema que nos convoca se ajusta de manera precisa. Como en todas estas discusiones, lo que planeta este modo de trabajo no es ser desleal con el medio para el que se trabaja, sino aprovechar todo aquello que justamente no puede ser relatado en el trabajo diario. Es, de alguna manera, una forma de hacerse a una agenda propia y de introducir maneras de autodisciplina profesional, por lo que se requiere esfuerzo y dedicación. Con esa posibilidad puesta sobre la mesa, Alarcón hace la primera de muchas afirmaciones que resultan ser pertinentes para la labor periodística cuando se trata de coberturas de la violencia, la ilegalidad y el crimen, y es que todos aquellos son fenómenos complejos que requieren de un periodismo que profundice en el conocimiento de nuestras sociedades. Aquello no deja de ser un reto enorme para este oficio, porque nos pone en la dimensión de ir más allá de la simple recolección de datos, nos sugiere unas miradas intuitivas, antropológicas, si se quiere del orden de lo sicológico, para dar cuenta y ser capaces de avizorar los cambios y transformaciones que experimentan las sociedades que se ven afectadas por problemas como el tráfico de drogas.

El maestro de la FNPI invitado a esta sesión del taller sugiere algunas de las maneras como él mismo ha trabajado temas de ese tipo, en particular los relacionados con su libro Si me querés, quereme transa, en el que el propio Alarcón debió sumergirse en búsqueda de un conocimiento del mundo peruano –pues la historia revela la luchas entre narcos de ese país instalados en Argentina-, a través de la lectura de varios de sus autores de ficción, de historia, de sociología de ese país, incluso de música para hallar explicaciones a su cultura y a su lenguaje, entre otros elementos. En esa búsqueda intensa, Alarcón descubrió inicialmente que el concepto de translocalidad se aplicaba a los migrantes peruanos en toda su extensión, pues muchas de sus gentes han tenido repetidas experiencias en exilios y migraciones forzadas y han sabido crear núcleos sociales afuera de su país a una escala similar a la que se vieron obligadas a abandonar. Ningún peruano deja de ser peruano por estar fuera de Perú, esa es la lógica de su translocalidad.

Aquella claridad, por ejemplo, le sirvió a Alarcón para abordar la llamada masacre del Señor de los Milagros, una matanza de jóvenes peruanos en el Bajo Flores de Buenos Aires, que es el tema disparador del relato. Tan sólo para dar cuenta de ese crimen, Alarcón debió acudir a la música (marinera) que sonaba en aquella procesión religiosa para tener el tono que requería el relato. Como este, fueron varios los ejemplos que contó el autor sobre sus fórmulas de trabajo, sobre aquel reto de trabajo en profundidad que llevan sus textos y que sugería a los participantes del taller como maneras de entender y encarar esos mundos complejos dominados por la criminalidad. “La investigación de estos temas no comienza ni termina con los nombres de los criminales”, desliza Alarcón a los talleristas y remarca que para trascender como narrador hay que ir tras la búsqueda de elementos en lo cultural y lo popular, para lo cual se requiere un enorme trabajo que evite desestimar o entrar en comparaciones culturales. Alarcón va más allá y sugiere liberarse de las prácticas del periodismo contemporáneo de investigación. ¿Por qué tal sugerencia? Se pregunta uno de los participantes y el periodista responde que pese a haber hecho y seguir haciendo periodismo de investigación tiene claro que la responsabilidad periodística ante el narcotráfico es distinta, pues de lo que se trata no es de ir detrás de pruebas y de elementos de denuncia de la criminalidad, pues esa es parte de la labor de los organismos de seguridad. En estos casos, de lo que se trata es de ir por relatos trascendentes que den cuenta de un mundo y sus historias y personajes. Incluso va más allá, al asegurar que uno de los temas transversales en este trabajo sobre redes criminales y narcotráfico es el territorio. Lo primero en todo esto para Alarcón es que al abordar esos fenómenos no se puede hacer desde la vieja forma de relato piramidal, ni con la respuesta simple de las cuatro W (por su versión en inglés al por qué, cuándo, cómo y dónde), se requiere de un esfuerzo distinto porque el territorio juega un papel trascendente en todo esto. “El territorio es volátil y funciona como un organismo vivo con carácter”, señala Alarcón, y como tal necesita ser trabajado históricamente para conocer las causas de los problemas que allí se dirimen. Los personajes en esos territorios llenan las preguntas, pero uno -sobre todos los demás- es quien le facilita al reportero la puerta de entrada a esos espacios, aquel que el maestro llama “el lenguaraz”, que no es una fuente, ni es un personaje de la historia, y quien opera como los ojos y los oídos del periodista en el terreno, pues conoce y sabe cuándo es apropiado y cuando no acercarse a esas geografías, cuándo es prudente preguntar y cuándo callar, advierte de los peligros y pone a salvo al reportero de riesgos innecesarios. “Aquí de lo que se trata no es de ser héroes”, precisa el escritor y periodista. 

Dentro del conjunto de preguntas que surgen del discurso provocador de Alarcón, alguno de los participantes le pide que aterrice el asunto a la redacción y a la lucha de los reporteros por conseguir más espacio y apoyo para trabajos en profundidad sobre la criminalidad. El periodista responde que las ambiciones deben trasegar por los caminos de lo real y posible, pues no se puede llegar ante las directivas del diario, la estación radial o la televisora para pedir dinero y tiempo a fin de ir tras una historia. Esos espacios se ganan de a poco, explica Alarcón, con un trabajo que empieza forjando un nombre en la misma redacción, a base de historias y agenda propias. Es justamente esa agenda de donde surgen los posibles trabajos de largo aliento que pueden ir trabajándose paso a paso y que deben presentarse a la redacción cuando llegue el momento de culminar y presentar la información. Es en ese instante cuando debe negociarse con el editor el espacio, el tiempo y los eventuales apoyos de la empresa periodística para la realización del trabajo.

Álvaro Sierra, maestro conductor del Taller, retomó mucho de lo dicho por Cristián Alarcón para aterrizarlo y darle una mirada propia a partir de su experiencia. Lo primero que expuso fue una suerte de división en la que la noticia es el elemento dominante de la manera en que se elabora la información, en una segunda línea estaría la investigación periodística que es un paso más allá de la noticia. En ambos casos se trata de trabajos colectivos que difieran de la tercera parte de esta división, en donde está lo narrativo, que es la apuesta personal por productos periodísticos con sello propio. No todos, explica Sierra, están interesados en llegar a ese tercer nivel y al contrario, es muy valorable tomar posición por alguno de esos estadios y hacerlo bien. En ese orden, Alarcón está instalado en el mundo de lo narrativo y su mirada está afectada por su posición valorable y destacada en el oficio, pero no es la única, sino que sirve de aporte a la complejidad que implica una labor contingente como lo es el periodismo.

Respecto a los territorios y las fuentes, Sierra explica que cada trabajo, cuando se trata del mundo de la criminalidad tiene su propio riesgo. Una manera de aminorar esos peligros es no partir a los territorios sin antes hacer los debidos contactos, pues el periodista en pequeños poblados o lugares cerrados suele ser visto como un marciano, alguien distinto en el paisaje que atrae preguntas y crea dudas, de allí la necesidad de establecer esos contactos previos antes de los viajes. Ya en el lugar, hay que tener la capacidad para decidir si el peso de la historia recae en un personaje, en el territorio mismo o en una serie de circunstancias. “La precaución, el conocimiento y el respeto son fundamentales en este tipo de trabajos”, destaca Sierra y sugiere, además, que es importante ya en el terreno obedecer las sugerencias de los lugareños sobre las fronteras invisibles para evitar ponerse en riesgo.

Un aporte más a los cuidados es el de detenerse por un momento en medio de la euforia noticiosa para preguntarse si se está haciendo bien el trabajo y que no se está poniendo en riesgo a terceros. Respecto a posibles riesgos en el terreno y el uso de la figura de encubierto, el maestro sugiere que todo aquello se dé como discusión dentro de la redacción y que de allí salgan las decisiones finales, pues es el mejor lugar para debatir sobre posibles consecuencias ante este tipo de circunstancias. En todo caso, los encubiertos en el periodismo son excepcionales y el periodismo, por principio, no admite ningún acto ilegal, ni contravenciones a la ley. El periodismo, concluye Sierra, es una función pública y el periodista asume una responsabilidad pública.

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