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Escribimos música para el lector

18 de noviembre de 2016. Actividades de la FNPI, Comunidad FNPI

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Por Ander Izagirre | @anderiza

Foto Jorge Luis Plata

Sigue el taller de Libros Periodísticos con Martín Caparrós, organizado por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano -FNPI- en alianza con la Feria del Libro de Oaxaca y la Fundación Tomás Eloy Martínez.

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En la tercera jornada del taller, un autor se sumerge en las ciudades y una autora huye de ellas.

Ana Gabriela Rojas es de Ciudad de México, vive en Delhi y escribe un libro que busca en la India el contacto con la naturaleza, la espiritualidad y la salud. Para eso recoge las historias de algunas personas que ella nombra como “sabios, chamanes y chiflados”: le atraen, aprende de ellos, a ratos desconfía. El libro se mueve en una ambigüedad interesante.

-Es importante que no juzgues -le dice Martín Caparrós-. Te basta con poner a los personajes en escena. Seleccionar a esas personas y no a otras ya es un juicio, no añadas juicios explícitos. Es más eficaz si el lector extrae las conclusiones por sí mismo.

Este proyecto pica la curiosidad y enciende uno de los debates con más desacuerdos. Algunos compañeros imaginan un trabajo más periodístico, le sugieren a la autora que lo complete con documentación y con investigación. Otros creen que no, que el libro debe mantenerse como un paseo más libre, un recorrido por unas cuantas historias de espiritualidad y vida alternativa: no tiene sentido someterlas a juicio.

-Para darle un hilo narrativo y una cohesión, podrías usar la primera persona –dice Caparrós-. Podrías incluir pequeños fragmentos, entre capítulo y capítulo, que expliquen cómo fuiste interesándote por estos temas  y cómo te encontraste con estos personajes.

El viaje de Leandro Zanoni (Argentina) es urbano: prepara un libro sobre ciudades inteligentes. Tiene dudas con ese adjetivo y lo anda masticando, pero en cualquier caso hablará de cómo se aplica la tecnología más puntera para organizar el tránsito, los espacios públicos, el turismo, el acceso a la cultura… El libro le servirá para reflejar las desigualdades y para romper tópicos sobre las grandes ciudades latinoamericanas. Leandro trae un asunto muy injertado en nuestra vida cotidiana -las tecnologías-, del que se escribe muy poco.

Su libro puede traer novedad incluso en el formato. Los participantes del taller se preguntan si este libro tiene que salir en papel, si puede ser una obra digital con hipervínculos, audios y vídeos, si debe distribuirse de una manera clásica, si puede colgarse en la red. El autor tiene dudas, pero precisamente está abriendo preguntas y eso ya es otro mérito.

Las objeciones al texto de Leandro van coincidiendo en una idea: la frialdad.

Entrevista a expertos que le cuentan casos urbanos interesantes, pero faltan las historias de los ciudadanos que los disfrutan o los sufren, falta vida. Y la narración también es fría, porque mantiene siempre un plano general.

-En términos cinematográficos –dice Caparrós-, no hay nada más monótono que mantener siempre el mismo plano: siempre en general o siempre en primerísimo. Hay que combinar los análisis generales con las historias particulares. Hay que cuidar el ritmo.

Cuando Caparrós quiere mostrar algo de sus textos, siempre los lee en voz alta. Ahora recita un fragmento de su libro ‘El interior’, que recorre varias provincias argentinas y se mete en sitios tan interesantes como un matadero de vacas en ruinas.

Escuchen cómo recita Caparrós el texto del matadero: dentro el audio.

-Para escribir ese libro me propuse formas distintas de contar -dice-. Las busqué en la poesía: leí ‘Los poemas de Sidney West’, de Juan Gelmán; la ‘Antología de Spoon River’, de Edgar Lee Masters; usé haikus para describir paisajes… No por una voluntad frívola de sorprender, sino porque resulta más eficaz para el relato, porque me da más herramientas para contar.

Allá por los años 1960, algunos estadounidenses usaron las formas de ciertos géneros literarios para escribir sobre hechos reales. Se inspiraron en la novela social americana, en la novela negra. Y así fundaron lo que llamamos el Nuevo Periodismo, con sus mayúsculas y todo.

-Parece que ahora usamos el resultado de aquel mecanismo: escribimos como escribían ellos. Pero nos olvidamos del mecanismo: buscar formas nuevas.

Caparrós propone a los participantes que lean mucho y variado, que se inspiren en formas distintas, ya sean actuales o antiquísimas. Menciona cuatro libros que le ayudaron a adquirir un cierto tono: ‘Operación Masacre’, de Rodolfo Walsh; ‘Inventario de otoño’, de Manuel Vicent; ‘Lugar común la muerte’, de Tomás Eloy Martínez; y ‘Música para camaleones’, de Truman Capote.

-El lector no sabe lo que está pasando, pero de algún modo oye si la música del texto fluye o se traba.

El grupo trabaja entonces con algunas frases de los textos, con algunos arranques como el de Ana Gabriela:

"La pupila perdida diminuta en ese mar azul y transparente"

Después de varios retoques, la frase acaba transformada en:

“La pupila diminuta perdida en ese mar azul y transparente”

Relean las dos: ¿cambia algo?, ¿cuál suena mejor?

Caparrós recita de memoria el arranque de ‘Cien años de soledad’. Lee frases construidas con endecasílabos, octosílabos, alejandrinos.

-Son las formas de la poesía clásica en castellano. No digo que esto sea la panacea, pero debemos tener conciencia de que algunas formas suenan mejor que otras. Los textos son música.

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