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14 de octubre de 2019
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¿Para quién escribes esa crónica, ese libro?

29 de octubre de 2015. Actividades de la FNPI

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Por Jorge Carrión, relator del taller

19. Un libro periodístico puede ser el centro de un proyecto multimedia. Una web permite expandir los relatos, no sólo mediante fotografías, vídeos, mapas, infografías, ilustración, enlaces; también mediante el diálogo directo con lectores a través de chats y redes sociales. Además, quizá fundamentalmente, nos brinda la oportunidad de mantener el proyecto actualizado. Porque, al fin y al cabo, el periodismo está marcado por el presente. 

20. Un periodista puede ser muchas cosas (temerario, visceral, crítico, activista, fotógrafo, casi neutro), pero no puede ser ingenuo.

21. ¿Cuál es el lugar del narrador? ¿Desde dónde habla? La construcción del narrador es siempre un desafío. Se posiciona respecto a dos posibles referentes: lo narrado y el lector. Con éste conviene crear, aunque sea puntualmente, lazos de empatía. Una forma de lograrlo es ponerte en aprietos, representarte a ti mismo en una situación incómoda o dejarte refutar por otro personaje.

22. El periodismo del siglo XX creó el mito de la objetividad a partir de dos premisas: la eliminación del yo y el adelgazamiento del lenguaje –la eliminación de la retórica. La crónica recupera la narración en primera persona y el lenguaje literario como gesto político, al hacer visible la mediación, la traducción de la realidad (porque el periodismo quiere generar la ilusión de que esa mediación no existe).

23. ¿Para quién escribes esa crónica, ese libro? Estamos involucrados en un contexto sociopolítico y cultural, en un marco local, pero tenemos que pensar en un ámbito mayor, al menos el de la lengua española. De modo que tenemos que presentar a nuestros personajes, aunque sean famosos en nuestro país. Tenemos que introducir las claves necesarias para que cualquier lector pueda interpretar lo que estamos contando. El reto es hacerlo sin bajar el nivel de exigencia, sin dejar de respetar la inteligencia del lector.

24. Cualquier punto se puede convertir en un aleph: el lugar desde el que contemplas un mundo. Ese punto no invalida otros: simplemente es el nuestro.

25. Las particularidades políticas de un país (digamos, ahora, Argentina, Bolivia, Venezuela, Cuba) nos enfrentan al problema de la polarización y de nuestra posición personal en ella. Por un lado está nuestra voluntad de dar testimonio de una época de nuestro país; por el otro, el problema de la parcialidad, del activismo.

26. Los diálogos son una cuestión más de verosimilitud que de verdad. Para que sea verosímil –bien lo sabía el maestro Rulfo– un diálogo debe tener tanto el léxico, la sintaxis y la música propios de la oralidad. Todo cronista debe plantearse cuál es su posición respecto a la transcripción de las entrevistas: ¿ha de ser literal o puede alterarse levemente para reproducir el espíritu, el sentido y la música de lo dicho por el entrevistado? Hay que jugar, por otro lado, con el estilo directo y el indirecto, con la paráfrasis y con la elipsis, con la voz y la descripción del contexto. Toda entrevista –no olvidarlo– es un acto de poder. 

27. El cronista del siglo XXI se ve obligado a defender las armas propias del lenguaje escrito en un contexto audiovisual, hipertextual, multimedia. Quizá lo que ya dice Wikipedia no sea necesario incluirlo en el texto. Tal vez el diálogo que ya se puede ver en Youtube no tenga lugar en tu edición. Busquemos aquello que sólo puede comunicar la palabra escrita. Y, al mismo tiempo, estudiemos las estrategias con que la escritura puede representar la pantalla. 

28. Escribir significa, también, encontrar modos éticos. La entrevista a un asesino o a un genocida en un ejemplo extremo: su transcripción pone a prueba nuestra capacidad de inventar mecanismos narrativos que nos distancien simbólicamente del victimario. Le damos voz, pero al mismo tiempo hallamos la forma sutil de insinuar nuestro desacuerdo, nuestra repulsa –nuestra solidaridad con sus víctimas. Creamos una retórica de la distancia moral.

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