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19 de agosto de 2018
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Julio Scherer y Gabriel García Márquez

Julio Scherer, premio Nuevo Periodismo en la categoría Homenaje

 

Monterrey, 2002

Me abruma la expresión homenaje a un periodista. Sé de mi piel, conozco mi alma. 

En la segunda mitad de 1976, expulsado de Excélsior por un sistema que se soñó imbatible, tuve el impulso de abandonar el trabajo que me acompañaba desde la juventud. Sin ojos para el futuro, pensé en un porvenir de días circulares. Compañeros de entonces y de siempre que rehusaron permanecer una hora más en el diario ultrajado, pugnaron para que siguiéramos juntos. El despojo había sido brutal. No era tolerable la cancelación de un destino común, la vocación truncada. 

Aún los escucho, generosos. Empecemos de nuevo, a costa de los riesgos que vengan. Su entereza pudo más que mis resquemores y su capacidad creadora mucho más que la rabia estéril que me vencía. Ellos tuvieron los ojos que a mí me faltaron. Así nació Proceso el 6 de noviembre de 1976 en una casa alquilada. Incluida la estufa, la redacción formaba parte de la cocina. 

Fue una época que trajo de todo. Comprobé que el dinero mercenario astilla los huesos y la traición los deshace. Valoré la lealtad, poderosa como el amor. Entendí extremos de la condición humana. Dice la frase bíblica que un amigo fiel no tiene precio y en la paradoja que es la vida yo agregaría que los judas tampoco tienen precio. 

En nuestro tiempo, dominados por la prisa, decididos a llegar primero a donde sea, pasamos de largo por las palabras. Como si se tratara de un lugar común, recitamos que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Pero al estadista inglés Lord Acton habría que tomarlo en serio. La corrupción absoluta destruye los principios, degrada los hábitos y atenta contra el deseo, la gracia impalpable de la vida. Arriba, en la cumbre donde todo sobra, no se sigue a la mujer con la admirada naturalidad con la que se la mira en la calle, incompleta como el varón, necesitados uno de la otra, complementarios para la dicha. No son éstas las venturas del poder. Sin límite que los satisfaga, los dioses no se divierten. 

El reducto que los resguarda y aísla está construido con materiales abominables: el crimen y la impunidad. Ahí está el arsenal para lo que se ofrezca: la información reservada, los instrumentos para ensuciar la intimidad, la amenaza, la tortura, el calabozo, la disuasión por la violencia, la simulación y sus mil disfraces, la intriga permanente, el engaño a toda hora, los modos y maneras para exhumar secretos que protegen el honor. Notables en algún momento muchos de ellos, los hijos del poder se acostumbran a vivir con ventaja sobre todos, expresión ésta de la cobardía que se encubre en la prepotencia. 

Hay otros poderes: el show del dolor, el drama individual para el rating, las matanzas como un espectáculo colorido, las drogas a cambio de hombres y mujeres colgados sobre el vacío y sin energía para desprenderse y caer, las fortunas labradas con el sufrimiento de millones y hasta con los cuerpos frágiles de los niños. 

La manipulación ordena el mundo. Los pobres están ahí para que los ricos puedan volcar sobre ellos los tesoros de su corazón. A los de abajo ya les llegará su momento, que el mundo, aldea global, también les pertenece. Escuchamos el canto: todos formamos una familia. La cuestión es mantener la esperanza. Se ha dicho que la oscuridad cerrada anuncia la alborada, la tímida luz primera a la que seguirán todos los resplandores del cielo. 

Al periodismo no le compete la eternidad. Son suyos los minutos milenarios. Ubicuo, su avidez por saber y contar no tiene medida, maravilla del tiempo. 

No obstante conviene reconocer que nuestro oficio tiene una dosis de perversidad: es difícil escapar a la seducción que ejerce, sin punto de convergencia con el hastío. Pero carga también con deberes estrictos. 

Perdería su sentido si no recorriera los oscuros laberintos del poder, ahí donde se discute del hambre sin sentirla, la enfermedad sin padecerla, la ignorancia sin conocerla, la muerte prematura como una lánguida tristeza, la depravación como un tóxico en la sangre de los desencantados. Es abominable el terrorismo de las bombas y las torres, como odioso es un mundo paralizado por la enajenación de hombres y mujeres apenas con fuerza para sostener sus huesos. 

El terrorismo destruye cuerpos e inteligencias que supieron lo que es vivir y mata a los desdichados que se fueron sin noción de la vida. Tan vil es un asesinato como otro, una masacre como otra, que en la tragedia no existen escalas ni mediciones. Sin la denuncia del terror y las contradicciones que lo provocan, el periodismo quedaría reducido a una deslumbrante oquedad. Habría que agregar que los huecos permiten suplantar la realidad por la apariencia y poner ésta al servicio del poder. A los hechos no se les maneja; a la apariencia, sí. 

A Gabriel García Márquez lo reclamamos íntegro para nuestra profesión. Amante del dato preciso como el poeta consagrado a la metáfora perfecta, sabe que el dato preciso evade la mentira y burla el equívoco. Libre su fantasía sin espacio, la somete a la realidad concreta. A la vida no hay para qué engañarla, quizá dijera el Gabo. 

A don Lorenzo Zambrano quiero expresarle mi gratitud y a los miembros del jurado decirles que he leído muchas de sus páginas con el concentrado sentimiento que llamamos devoción. Me corre prisa por abrazarlos, reiterarles que se excedieron, que me conmueven, que una emoción así no es peso sino alivio y hasta podría humedecer mi alma.