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19 de agosto de 2018
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José Salgar, el hombre de la calle

Foto: Oscar Monsálve/FNPI

por Martha Ruiz

El periodismo del siglo XX en Colombia tiene un nombre: José Salgar. El 'mono Salgar', como le dicen sus amigos, nació en Bogotá el 21 de noviembre de 1921 en plena carrera séptima de Bogotá. De niño, cuando salía de la escuela, se entretenía en las tardes viendo cómo imprimían el periódico Mundo al Día. Le apasionaba entonces la tinta mojada, los linotipos, las noticias. En especial una sección que se llamaba Lo he visto con mis propios ojos, en la cual el ciudadano común enviaba pequeños artículos por los que recibía cinco centavos, si lograban que fueran publicados. Salgar se puso a mandar notas como loco, sin lograr que ninguna de ellas apareciera en las páginas del diario. Pero de estas pequeñas historias escritas a diario nació una vocación periodística que ya completa siete décadas. 

El galardón en la categoría Homenaje, del Premio Nuevo Periodismo CEMEX-FNPI, que se le otorgó a Salgar es el reconocimiento a la labor de un hombre que pasó por todas las instancias de la producción de la noticia, desde el linotipo hasta la dirección de un diario, pasando por la reportero, jefe de redacción y columnista. Un maestro que hizo de la reflexión sobre la práctica, su mejor escuela.

¿Cómo empezó usted en el periodismo?

Mi primer trabajo fue como ayudante de linotipo en los talleres donde se imprimía El Espectador, en 1933 cuando apenas tenía 13 años. De ahí partió todo porque entré a la mejor escuela de periodismo, empezando por los linotipistas que eran unos sabios. Entré a un fogón de periodismo, al sitio donde se escribían las cosas y se escribían bien. Seis meses después fui nombrado ayudante de redacción. Era el que contestaba el teléfono y tomaba notas. Poco después ya era redactor, en un aprendizaje intenso y rápido que duró 10 años, al cabo de los cuales fui nombrado jefe de redacción, a los 23 años. Todo esto lo hice sin haber terminado el bachillerato, sin títulos académicos. El título que he tenido toda la vida me lo ha dado la experiencia en el periódico.

¿Qué es para usted un buen periodista?

Aquél que tenga emoción y la sepa contar bien, con la mayor verosimilitud posible. Que no sea mentiroso, que escriba bien, que diga siempre la verdad y responda por lo que escribe. Esa es la base que tenía El Espectador y buscaba en el país la gente que tenía ese nervio. La sala de redacción era un hervidero de ideas y de emoción. Eduardo Zalamea Borda dijo una vez que un periódico que se hace con esta gente, con esta emoción, tiene que ser el mejor periódico del mundo. Y en efecto 40 años después El Espectador fue incluido por Le Monde de París entre los siete periódicos más importantes del mundo. 

¿Qué aprendizajes le dejó su experiencia como jefe de redacción por más de treinta años?

Siempre he ejercido mi oficio como lo aprendí. Me sabía de memoria las responsabilidades del periodismo. De ese momento en adelante yo tenía que responder para que el periódico se entregara a determinada hora y tuviera la altura intelectual de un periódico de su importancia. Yo tenía mis normas internas. Las más importantes: que la noticia respondiera al que, quien, cuando, dónde y cómo; que es distinta la información de la opinión; decir la verdad; responder por lo que se dice; la capacidad de responder al instante. Una serie de cosas que se aprenden con la experiencia. El periódico era vespertino y circulaba a las seis de la tarde; entonces tenía que hacerse con mucha rapidez. En ese tiempo era en plomo, había que leer al revés y yo dominaba esa técnica. Cada instante el periódico es distinto. Desde siempre he tenido un papelito y un lápiz y en él anoto a lo largo del día los siete acontecimientos más importantes, pero a la hora del cierre cualquiera de ellos puede cambiar, como cuando mataron a mi director o como cuando Pablo Escobar le puso un camión-bomba a El Espectador. A cualquier hora, de día o de noche, los siete acontecimientos pueden cambiar.

¿Y hoy sigue siendo válida la fórmula de los siete acontecimientos?

Si, porque son los que caben en una primera página. Pero hoy tengo que pensar más en las posibilidades futuras, que si Montoya va a ganar una carrera, de que Bush la vuelva a embarrar en Irak, de que Uribe haga tal cosa, o que en Bogotá cierren los huecos. Uno tiene que valorar los acontecimientos según los principios personales y según la ideología del periódico. Una cosa es trabajar para el gobierno o para Santodomingo o para el señor Cano. 

Antes los periódicos se hacían para la gente alfabetizada, que no era la mayoría, luego con la radio y la televisión el sector alfabetizado quedó en cuarto lugar. Pero ahora está recuperando su prestigio a través del internet. 

¿De quién aprendió usted lo básico del periodismo?

De El Espectador. Pero es que el periódico tenía a gente muy importante. Muchos viajaban a Paris, entonces en un tiempo El Espectador fue afrancesado porque leíamos el Paris Soir y les robábamos todas las ideas. Después vino la influencia inglesa, la mejicana, la argentina. Teníamos influencias de todo el mundo. Todavía no había escuelas. Las facultades nacieron de las escuelas que crearon los periódicos.

¿Cuáles son los principios éticos que nunca traiciona?

Mis principios son la mezcla de los propios y los del periódico. Nunca soy completamente complaciente. Tiene que haber un acuerdo entre el capital y el trabajo. Cuando se funda un medio, que es una empresa comercial, hay un tipo de ética: ganar dinero educando o pervirtiendo. Y el medio tiene que responderle a la gente a la cual va dirigido.

¿Se siente un poco responsable de haber ayudado a formar a gente como García Márquez?

Alguien que pasa treinta años como jefe de redacción ve pasar por la sala al país entero. En una redacción hay dos o tres redactores que sobresalen. Gabo, por ejemplo, llegó lleno de susto y como hizo cosas buenas se fue destacando. A veces el tipo se vuelve importante o se vuelve político. Otras veces los matan. Hay mucho muerto en esta historia. 

¿Es algo intuitivo?

Se necesita es que haya un cortocircuito entre los jefes y la gente que quieren subir. El cuento con Gabo se ha hecho muy famoso. Como él tenía vena literaria yo le dije: téngase un poco, porque su oficio ahora es el periodismo y el periodismo para mí es superior a la literatura, porque es la verdad, los acontecimientos. ¡Tuérzale el cuello al cisne! Luego se presentó lo del náufrago y yo le dije usted hace esto así. El lo hacía muy bien y yo se lo publicaba también muy bien. Y después de todo, ahora con lo de las memorias Gabo me dijo: a estas horas estoy escribiendo con el cuello torcido. Él vino a aprender periodismo en Bogotá y le dijeron que el mejor lugar era conmigo. Yo era el periodismo para él, pero él creó un género literario del periodismo. Ambos ganamos porque él nunca dejó de ser el periodista que fue conmigo.

¿Y cómo ve a los periodistas de ahora?

Lo grave ahora es que en el periodismo escrito fue descendiendo la calidad porque se inventaron unos aparatos como la grabadora, como la palm, el corrector en la computadora. Entonces la gente se confía en estos aparatos y no pone a funcionar lo principal, el pensamiento, el disco duro que tienen en la cabeza, entonces ponen el disco artificial y no el bueno. Porque cuando uno le pone todo el interés le sale algo bueno, pero cuando se pone solo a traducir, le sale algo frío y fofo. Si le permites al lector sentir la emoción que se sintió en el propio cerebro es distinto.

Pero también hay un cambio en los lectores...

Es que al descubrir que la noticia puede tenerla no periódica sino inmediata, que no le vale nada, entonces busca que lo que compra escrito sea de muy buena calidad. Entonces compra la revista que vale ocho mil pesos y no el diario del domingo que vale tres mil. Eso le pasa a la juventud que sólo lee de reojo la noticia del día. La gente se especializa. Tengo un hijo que no volvió a comprar el periódico de su ciudad pero esta suscrito al Financial Times, que es para él realmente importante. Porque todas las demás noticias las consigue gratis. La gran transformación de este siglo es que vale más la calidad que la cantidad.

¿Y los periódicos dan esa calidad hoy?

Los periódicos no dan calidad. Se acabó la mística de ese tipo de periodismo. Pero hay nueva mística. En este momento hay una revolución porque todos los medios cambiaron de dueño. Durante el siglo XX los dueños fueron unos místicos del periodismo, para ellos era más importante la inteligencia, la verdad y la opinión que la plata. En este nuevo siglo los grandes consorcios compraron los medios y lo principal es el dinero y el rating. Los medios ahora tienen más capital que antes, tienen la necesidad de buscar lectores con gran calidad.

¿Y cómo lograr entonces volver a la calidad?

Primero que todo, que los mecenas de la economía no se metan en el lado intelectual. Que den campo para que el periodismo lo hagan los periodistas, que tienen que ser mejores porque no puede haber periodistas que salgan de las universidad sin saber, por lo menos, dos idiomas y con dominio de la tecnología nueva. Entonces mi teoría es que tiene que cambiar mucho la enseñanza de la comunicación. La gente tiene que aprender a comunicarse desde la primaria y la secundaria. Aprender a hablar, a ver, a escribir y a leer. Porque la multimedia del futuro exige que el periodismo lo haga gente muy por encima del promedio y sobre todo muy por encima de las fuentes de información. 

¿Cuál ha sido el momento más difícil de su vida periodística?

Cuando mataron a Guillermo Cano yo tenía una tragedia personal, una concuñada había muerto y Guillermo acababa de salir de mi casa de visita de pésame. Yo estaba en licencia. Entonces me llamaron del periódico y me dijeron que acababan de matarlo. Salí volado para allá y dije: yo me encargo de la edición y que la familia Cano se vaya a organizar el funeral. El editorial salió en blanco, con una frase de él y mía: seguimos adelante. Se hizo rápido y entre pocos. Es más fácil hacer un buen periódico entre tres personas que entre 50. 

La misma táctica que me tocó día de la bomba. Con lo que quedó en pie, sacamos la edición al otro día. También hubo épocas de mucha censura donde había que trabajar más para meter los embuchados.

Son momentos muy emotivos...

Uno como ser humano está acostumbrado a recibir esos impactos, cuanto más los siente, mejor los expresa, para ver qué trascendencia tiene el acontecimiento. La gente grita o se pone furiosa, pero el periodista tiene que tener la cabeza bien puesta en todo momento, por grave que sea la situación, para medir no el impacto que el hecho genera en el público sino el impacto que tiene para el país, para el futuro, y saberlo presentar. Porque el periódico que se edita en caliente es el primero borrador de la historia. Esa es nuestra responsabilidad. 

Pero en el periodismo suele haber mucho apasionamiento, a veces indignación, furia o triunfalismo.

Donde hay apasionamiento la gente se estrella, hay que buscar lo positivo para que la gente no sea tan apasionada. El periodista no debe preocuparse tanto por vender más el periódico sino por mantener la credibilidad, no decir mentiras, y lograr hacer una opinión pública formada por el lado positivo. Soy más partidario de los periodistas que son a fondo del partido liberal o del conservador, o de Santa Fe o Millonarios, pero sostienen una idea y la gente los compra para eso, para ver qué dice el contrario o el que piensa como uno. Antes había firmeza de ideas. 

El lema de El Espectador decía: El Espectador trabajará en bien de la patria con criterio liberal y en bien de los principios liberales con criterio patriótico. Uno no debe salirse de ahí. Pero en el Frente Nacional se acabaron los grandes columnistas firmes y se le abrió lugar a los contrarios. Había que publicar siempre la opinión de todos. Entonces hoy las páginas están llenas de todas las opiniones, y el editorial intenta mantener la posición del periódico. Y el periódico está vacilando entre una cosa y otra, con temor de molestar a los grandes de la economía, entonces los periódicos son malitos. Hay muchos ejemplos de que esos periódicos que quieren decirlo todo y no quedar mal con nadie, fracasan. Son los ángeles asexuados. Los que van adelante son los periódicos firmes en sus ideas, en los que cree la gente, y se hacen matar como se hizo matar Guillermo Cano.

¿Defiende usted el periodismo interpretativo?

La opinión pública está desorientada a pesar de que los periódicos han cambiado la máxima de que no se mezclaba la información y la opinión. Ahora, por el contrario, están fusionadas la información y la opinión porque como la noticia es inmediata, ya es vieja cuando se imprime. Entonces en lo escrito hay que dar opinión, proyección y profundidad. Y hay que escribir muy bien. Hay que investigar mucho, mas rápidamente. 

En cierto modo los diarios se han visto obligados a hacer lo que hacían siempre los semanarios. Hace años, por ejemplo, se acabó el título noticia, ahora los títulos tienen que tener interpretación. Cuando el hombre llegó a la luna ya había discusión sobre cómo titular al día siguiente. Nosotros titulamos: '!Luna, Luna!', porque cuando Colón vio a América dijo !Tierra, Tierra!; ese era de alguna manera un título interpretativo. Cuando incendiaron el Palacio de Justicia el título fue: 'Holocausto en la justicia'. Y después se quedó el episodio así: holocausto. El titular se vuelve un símbolo.

En medio de un periodismo tan político ¿tuvo alguna vez la tentación de la política?

Estuve muy cercano a los políticos de la época. El presidente Alberto Lleras me ofreció que trabajara en el gobierno. En varias ocasiones me han ofrecido embajadas. Pero yo he tenido mi política personal y mi gran lealtad por los principios del periodismo. Nunca cedí a estas tentaciones. Pude incluso haber sido un importante notario. Pero mis principios son los periodísticos. 

¿Cuál ha sido su mejor primera página?

La mejor primera página que uno hace es la de todos los días. Lo más importante es poner a prueba unos valores éticos y morales al diseñar una primera página. No dejarse acogotar ni por los relumbrones de la gente, ni por los de la sangre. El periodista es un formador y un educador de opinión para cada momento de acuerdo con las ideas que tenga el periódico y la ética personal. Entonces al diseñar la primera página debo pensar si tengo cinco noticias muy sangrientas, a qué le doy importancia y con qué las voy a equilibrar. Lo bueno siempre será noticia. No hay nada que lo halague más a uno que volver un hecho bueno, noticia. 

Para no caer en el amarillismo...

Lo más importante para un periódico es la credibilidad que se traduce en la compra del periódico por sectores importantes. No es la compra del periódico para leerlo rápido en el bus. En todos los países hay periódicos amarillos, pero aún en ese periodismo hay algún fondo cultural. Aquí ocurrió que El Espacio hizo su circulación publicando poca ropa y mucha sangre. Los periódicos serios no publicaban eso y terminaron ganando. El Espacio terminó culturizando a los estratos bajos con el crucigrama. Esa terminó siendo la misión cultural del periódico amarillo.

¿Cuál es su labor actual como periodista?

Ahora se presentó algo tremendo. Me sorprendieron con una oficina como asesor de El Espectador en la nueva sede. Tengo voz y voto, defiendo mis ideas. Yo he vivido todas las épocas de cambio en El Espectador hasta que vino la situación de violencia, el periódico quebró y los dueños se vieron obligados a vendérselo a un consorcio cervecero: Bavaria. El comprador dijo: no quiero tener nada que ver con los tipos que quebraron el periódico, pero mientras tanto necesito a una persona que se encargue de la dirección y me nombraron a mí como encargado, pero no para director en propiedad porque buscaban alguien con más influencia política o más de acuerdo con ellos. Me quedé cinco meses, con la condición de que me dejaran ejercer como lo he hecho siempre: sin influencias extrañas. Estuve muy tentado de irme. Intentaron echarme de todas las formas pero yo estaba pensionado hace años y tenía un cargo directivo. Después el periódico se volvió semanario y yo dejé la columna que tenía porque hacerla semanal me parecía insensato. Cuando El Espectador sea un diario me gustaría retomarla. 

¿Por qué era tan importante la columna para usted?

La columna nació con Gabriel Cano como director después de que hice una serie de reportajes en un aniversario de Bogotá, analizando sus grandes problemas. En ese momento yo era subdirector del periódico y no podía firmar con mi nombre, entonces le puse un seudónimo: el hombre de la calle. Me hubiera gustado ser periodista especializado en Bogotá. Yo he viajado mucho y algo que he hecho durante mucho tiempo es comparar los sitios con Bogotá. Pero llegué a la conclusión que Bogota es lo mejor de todo. 

¿Siente nostalgia de escribir?

Uno no se retira nunca de escribir. Como jefe de redacción me tocaba reemplazar con frecuencia a algún redactor. En mis ratos de vacaciones realicé varios reportajes con Borges o con Juan Ramón Jiménez. Me tocó cubrir la era espacial con mensaje de urgencia. Una vez estaba en Kenia y me comuniqué por télex, para mandar un Hombre de la calle. Pero el jefe de redacción me dijo que estaba metido en la grande porque había una crisis ministerial y no sabía cómo cubrirlo. Hicimos una primera página como a la una de la mañana, por télex. 


¿Hoy en día cuál es su periódico preferido?

Es difícil decir uno. En cualquier hojita encuentra pequeñas joyas, ningún periódico es bueno siempre. Ahora el que más me gusta es Le Monde Diplomatique. El año pasado estuve en Grecia y bajando de un crucero en Creta encontré fresquito Le Monde Diplomatique con una crónica sobre Uribe de esa semana, contada con un lenguaje claro, facilito, sin tanta foto ni tanto título. Uno encuentra sorpresas en todas partes, en internet es facilísimo. Y si uno no tiene aparatos las noticias le caen del cielo, sin necesidad de comprarlas.