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24 de mayo de 2018
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Entrevista con Jorge García Lupo, ganador del Premio CEMEX+FNPI , Modalidad Homenaje

Entrevista realizada por Graciela Mochkofsky. 

Hace dos meses, Rogelio García Lupo, que está cerca de cumplir 76 años, se sometió a una serie de estudios cardíacos. Luego de analizar los resultados, su médico lo despidió: "Lo felicito. Vuelva dentro de diez años". ¿Una buena noticia? García Lupo no lo cree así: "Esos son los tipos que te dicen: del huevo no coma la yema. Y ahora resulta que hay que comer la yema. No es gente seria". Lo mismo pasó con la carne de cerdo, apunta; de pronto, los médicos la han rehabilitado: resulta que no es la más grasienta sino la más magra. "Me perdí quince años de carne de cerdo y ahora cambiaron de libreto", protesta. Bueno, le digo, en un intento de confortarlo: con los nuevos descubrimientos cambian las teorías. "¡No son teorías! –me corrige, periodista de investigación a tiempo completo--. Son imposiciones de la industria farmacéutica. La industria farmacéutica construye la base para que te pases la vida tomando pastillas que sustituyen productos naturales que pudiste haber comido. Y ahora resulta que se gastó lo de la carne de cerdo y 'coman cerdo'. ¡No se puede creer!".


Otra imagen de García Lupo en estado puro: recientemente se vio obligado a resolver un problema práctico acuciante: 150 colecciones de publicaciones, una enorme biblioteca y un archivo que contiene, entre otras maravillas, una sustanciosa correspondencia con el Gabriel García Márquez anterior a Cien años de soledad, habían llegado a ocupar casi todo el espacio de su bello y antiguo departamento de la calle Tacuarí, en Buenos Aires. ¿Qué hacer con el archivo? ¿Donarlo? ¿Venderlo? ¿Sacrificar parte del material? Nada de eso: García Lupo le cedió la casa. Ahora vive con su esposa dieciséis cuadras al norte, y todos los días pasa por la casa del archivo a visitarlo.

Pero no nos vemos allí, sino en su oficina de Ediciones B, donde es editor de libros, en otro antiguo edificio que, por esas trampas del destino, tiene por vista la sede del Ejército, cuyas intrigas y secretos dedicó medio siglo a investigar.

--¿Qué vino primero en tu vida, la política o el periodismo?
--Yo tenía un plan cuando terminé el colegio secundario, ser abogado, y en ese plan se incluyó mi ingreso como escribiente a la justicia del crimen. Pero en el año 53 me echaron porque no me puse el luto cuando murió Eva [Perón]. Me hice periodista a partir de ese hecho, que modificó mi proyecto de vida: pasé a trabajar en dos revistas peronistas. Eran la revista Continente, de artes plásticas y de cultura, mensual, que la sacaban unos amigos de Perón, y La Opinión Económica, el semanario de la Confederación General Económica. En esa época todo era peronista.

--¿Por qué no te pusiste luto cuando murió Eva?
--Porque nunca he usado luto, ni siquiera cuando murieron mis padres. Nunca.

--¿No era un gesto político?
--Y, en el fondo había una actitud de… pero quiero aclarar que no había una actitud únicamente cargada políticamente, sino que tenía esta otra. Nunca lo entendí bien… Durante cinco años, toqué diferentes violines: periodismo cultural, periodismo de cine, periodismo económico. Me metí realmente en el periodismo de investigación en el 58 con la investigación del asesinato de Marcos Satanowsky, el abogado del director de La Razón. Y a partir de ahí quedé encasillado en el periodismo de investigación.

--Antes de entrar en eso, volviendo al peronismo, estuviste preso antes del derrocamiento de Perón, ¿verdad?
--Estuve preso porque estuve en una campaña de agitación contra los contratos petroleros que el gobierno de Perón suscribió en el 53.

--¿Cómo fue esa experiencia?
--Fue buena. Estuve en [la cárcel de] Devoto tres meses y ahí se produjeron varios cambios en mi perspectiva, algunos importantes: era la primera vez que veía comunistas y hablaba con comunistas. Era muy interesante, porque yo venía del nacionalismo, y [la cárcel] permitía un intercambio de ideas, de propósitos, y de conocimiento de personas. Así que en ese sentido la experiencia fue muy buena. 

--¿Comenzó un cambio ideológico?
--Perspectivas que no había explorado, digamos. De ahí salieron amistades que duraron mucho tiempo y sobre todo una variedad de enfoques sobre temas que yo no conocía. Te confieso que nunca había estado bajo techo con obreros, con obreros-obreros, trabajadores de la construcción, gastronómicos… por mi propia ubicación en la pirámide. De manera que fue una buena experiencia de vida.

--Te había preguntado sobre tus inicios en la política y el periodismo y sólo me contestaste sobre el periodismo. ¿Y tus inicios en política?
--Bueno… yo entro a los 13 años en la Alianza Libertadora Nacionalista. Tengo todavía una carta de aceptación en mi condición de afiliado, lo que da la medida de la intensidad de la vida política de la época: que un chico de 13 años quisiera ingresar en una organización es raro hoy, pero entonces no era raro. Era el 45, el año del 17 de octubre, festival político al cual asistí. Del secundario fuimos a la Plaza de Mayo en tranvía. Mi papá tenía la preocupación de qué me podía pasar, y tenía un amigo que se llamaba Trento Passaponti, que era un farmacéutico --mi papá era visitador médico--, y le dijo: "Che, tu hijo, que anda en lo mismo que el mío, a ver si lo cuida un poco, porque la cosa está muy pesada". Y esa noche del 17 de octubre, yo que teóricamente iba a ser protegido por el hijo de Passaponti, asistí a la muerte de Passaponti en la vereda de [el diario] Crítica. Tenía 18 años. La noche del 17 al 18 de octubre la pasé en una bombonería, Las Delicias, que estaba frente al hotel Castelar, en la Avenida de Mayo, porque cuando empezó el tiroteo cada uno se metió donde pudo y el grupo nuestro se metió en la bombonería y ahí pasamos la noche, hasta la mañana temprano cuando vino el Ejército a sacarnos, comiendo bombones de fruta y de chocolate. Después, en el 46, 47, descubrimos, varios al mismo tiempo –Rodolfo Walsh, [Jorge] Masseti, yo—que nos gustaba más el coronel Perón que el general Perón. El coronel Perón era una historia llena de expectativas. Y el general Perón era un gobierno fuerte, en el que se registraban situaciones que no nos gustaban. Por ejemplo, la ratificación de los tratados de Chapultepec en el año 47, que mucha gente que había acompañado el ascenso de Perón al gobierno se distancia de él, hubo grandes manifestaciones y mucha gente consideró que era una capitulación de Perón frente al Departamento de Estado norteamericano. Yo ahí estuve en la calle también, me parece que fue la última vez que estuve en la calle participando de algo. Tenía 16 años. Y ahí comienza la campaña que nos lleva en el 54 a resistir los contratos petroleros, en el 55 a recibir con bastante expectativa la Revolución Libertadora, y luego inmediatamente la desilusión por los efectos prácticos de la Revolución Libertadora. Y luego llegué al periodismo de investigación.

--¿Hubo una escisión entre el periodismo y la política en tu caso? Pertenecés a una generación en que las dos cosas muy frecuentemente eran lo mismo.
--No hubo una escisión. Pero yo quería hacer otras cosas. En el 56, con Rodolfo Walsh, que estaba publicando Operación Masacre, empezamos a trabajar en algún proyecto conjunto, que se presenta en el 58 con el asesinato de Marcos Satanowsky, el abogado de La Razón. Esa experiencia de la investigación del Caso Satanowsky es muy definitiva para mí.

--¿Por qué?
--Porque le encuentro el gusto a la cosa.

--Después de haber dedicado 54 años al periodismo… ¡54! Asusta la cifra.
--(Risas) Asusta, si.

--Luego de todos estos años practicándolo, ¿para qué pensás que sirve el periodismo de investigación?
--El periodismo de investigación sirve para poner los focos de la sociedad en algunos temas que si no, no serían temas. No mucho más. No sirve para hacer justicia, hay que ser prudente en esto. Nunca creí que una investigación periodística podía conmover una situación política, pero podría, y de hecho tuvimos demostraciones, que podía poner en pie de alerta a la sociedad en determinado momento. Operación Masacre puso en pie de alerta a la sociedad en determinado momento en el sentido de que se perpetraban fusilamientos clandestinos. Luego, en cierto modo, el Caso Satanowsky fue un fracaso nuestro, porque se llegó al final de la investigación y el responsable del crimen fue designado embajador argentino en Europa. Yo tengo expectativas limitadas en cuanto a los efectos de la investigación periodística, lo que no impide que me entusiasme.

--¿Qué es lo que te entusiasma? Has dicho que es una adicción.
--La adrenalina. La investigación del caso Satanowsky fue muy divertida. Estábamos siempre al borde de ligarnos un tiro, y ahí está el punto: la diversión y el riesgo.

--Leí que una vez tuviste la esperanza de causar un efecto mayor.
--Con Stroessner. Yo preparé un libro cuidadosamente, es mi libro mejor construido. Estaba en Caracas cuando asumió la segunda presidencia de Carlos Andrés Perez, mi libro no había salido todavía, y le dije a Gabo: "Voy a sacar un libro con el que lo voy a voltear a Stroessner". Y a la madrugada me llama por teléfono a la habitación Pepe Comas, periodista de El País. Me dice: "Rogelio, te jodieron el libro". "¿Qué pasó?" "Cayó Stroessner". Mi libro salía dos semanas después. ¡El tipo se cayó justo antes! Yo que tenía todo preparado para ser reconocido en los libros de historia como el tipo que volteó a Stroessner…

--Qué mala suerte. Tu primer libro, La Rebelión de los Generales, fue secuestrado al salir, en el gobierno de Guido, en 1962.
--El libro [sobre el derrocamiento del presidente Arturo Frondizi] fue prohibido y se hicieron unos secuestros simbólicos en algunas librerías de la ciudad, presenté un recurso de amparo y la Cámara de Apelaciones del fuero penal me dio la razón, protegió el libro y ahí confirmé algo que siempre había sospechado: que no hay mejor destino para un libro que ser prohibido, porque a continuación vende muchísimo más. De ahí que mi primer libro fue un best-seller a causa de un secuestro.

--En la última dictadura, hasta la guerra de Malvinas, abandonaste el periodismo.
--Yo estuve prohibido. Dos veces. Primero durante el gobierno de Onganía. En el año 70, yo era redactor de Primera Plana, que salía con el seudónimo Periscopio, y yo también salía con seudónimo, Benjamín Benegas [nombre que eligió al azar de la guía telefónica]. Esa fue la primera vez que estuve explícitamente prohibido. Y durante la última dictadura, que me dediqué a la empresa de la construcción.

--¿Cómo fue eso?
--Fui ejecutivo de una empresa constructora, de un amigo mío, que entre otras cosas hizo la Biblioteca Nacional. Se llamaba Comarco. Me refugié ahí, y descubrí que en Argentina si uno cambia de actividad es como si cambiara de país.

--¿Y qué sabías de construcción?
--Nada. Hice un house organ, difusión del trabajo… hice trabajos… producto de la necesidad de ganarme la vida. Yo tenía cuatro hijos, así que no era broma. Paseaba a visitantes ilustres, eso me permitió conocer la Patagonia. Vi el lado positivo de eso. Y volví al periodismo en el 82. Un amigo mío, piloto de la Fuerza Aérea, me dice en febrero, en la playa de Piriápolis [Uruguay]: "¿Sabés que vamos a las Malvinas?" "¡¿Cómo?!" "Sí, el 25 de mayo vamos a las Malvinas." Este piloto, comandante de la Fuerza Aérea, retirado, había sido el último entrenado por la Royal Air Force; lo habían convocado porque tenía los últimos códigos de la aviación británica. Volví a Buenos Aires muy perturbado por esta conversación y mandé dos cartas a dos amigos, en El Nacional de Caracas y Tiempo de Madrid. No hubo que esperar al 25 de mayo; el 2 de abril [día de la invasión argentina a las Malvinas] recibo un llamado a la mañana de Madrid, y luego de Caracas: "Empieza a escribir ya". Ahí volví al periodismo.

 

--¿Cuál es tu balance, en retrospectiva, de otra experiencia importante en tu vida, Prensa Latina?

--Fue una gran experiencia. Fue la primera vez que muy orgánicamente se planteó una agencia de noticias manejada por latinoamericanos y escrita en español. Fue una gran experiencia profesional. Había una necesidad de adaptación al medio, al oficio, porque Rodolfo [Walsh] no había hecho nunca la experiencia de agencia noticiosa, yo tampoco, Carlos Aguirre tampoco. Lo que teníamos sí era una información latinoamericana importante todos.

--¿Cambió tu visión sobre la Revolución Cubana?
--No. Pero lo que tenía en claro era que venía una pelea interna donde íbamos a estar en desventaja. Yo veía señales de que nos iban a decir: "Tú no sabes esto porque no eres cubano". Prefería sacar de mi perspectiva esa situación. Un año y medio en La Habana como secretario de redacción de una agencia en ascenso nos convertía un poco en personajes de la interna cubana. Pero cuando le anuncié a Masseti que me iba, dos días después me llamó el director del diario Revolución: "Mira, aquí me ha llegado el rumor de que tú te vas. Te quiero decir que hay trabajo para ti en Revolución". Y ahí me di cuenta de que si me quedaba estaba listo: iba a entrar en la interna de la Revolución Cubana, lo que no formaba parte de mis intereses.

--¿Has vuelto a Cuba?
--Muchas veces. En la década del 80 fue tres veces jurado de los premios de Prensa Latina y muchas veces he ido como turista. Lo que pasa es que de mi generación no queda casi nadie. Algunos han muerto, otros se han ido.

--Sé que sos un negado de la tecnología. No usas computadora, ni mail.
--Pero por incompetencia personal.

--Pero ¿hiciste el intento?
--Mi mujer todo el tiempo insiste en que haga el intento. Yo creo que quiere liberarse…

--…de hacerlo ella.
--(ríe) de hacerlo ella. Pero escribo a máquina tan cómodo…

--Más allá del salto tecnológico, ¿qué cosas de fondo han cambiado en este medio siglo en el periodismo de investigación en Argentina y América Latina?
--Creo que hay un progreso: que los diarios grandes tienen departamentos de investigación y que los jefes de redacción, en general, han entrado en la lógica de la investigación periodística, que es que no se pueden apurar los tiempos. En los años 50 y 60 había cierta impaciencia por los resultados. Creo que ahora se entiende que los resultados toman meses. Es el modelo norteamericano. Después, otros cambios, no sé qué decirte… otro cambio es que ha cambiado el género: las redacciones actuales son de mujeres. Lo que ha dulcificado un poco el mundo interno de las redacciones.

--Bueno, no todas son tan dulces.
--(ríe) Pero han dulcificado.